
VALLEDUPAR
El folclor vallenato despide a uno de sus juglares más insignes y queridos con la partida de Náfer Santiago Durán Díaz. Heredero de una dinastía musical legendaria y coronado Rey Vallenato en 1976, el maestro deja un vacío irremplazable en las letras, los paseos, merengues, sones y puyas que definen la identidad de la música vallenata.
El artista falleció hacia las 4:30 de la mañana de este martes 29 de septiembre de 2026 en la Clínica de Alta Complejidad del Caribe en Valledupar Cesar, a los 93 años.
Nacido en El Paso, Cesar, el 26 de diciembre de 1932, Durán Díaz dedicó más de ocho décadas de su existencia a mantener viva la tradición oral e instrumental del acordeón. Fiel a su inseparable compañero de pecho, solía repetir con absoluta convicción que para él «dejar de tocar el acordeón es morir en vida», una premisa que honró hasta el final, negándose a jubilar el instrumento que acompañó los latidos de su corazón.
Su trayectoria artística quedó marcada por hitos fundamentales que consolidaron el folclor. En 1976 se coronó en el Festival de la Leyenda Vallenata interpretando con maestría El estanquillo, Teresita, Déjala vení y Altos del Rosario, hazaña que lo llevó a ser declarado fuera de concurso en 1983. Ese mismo año 1976 grabó el histórico álbum Herencia Vallenata, apadrinando en su debut discográfico a Diomedes Díaz. El trabajo discográfico, de 29 minutos y 57 segundos de duración, incluyó la canción El Chanchullito, compuesta por el propio Diomedes. Sin embargo, fue Náfer Durán quien puso el acordeón en la grabación, acompañando al artista en aquel proyecto que marcaría el comienzo de su carrera.
Asimismo, inmortalizó composiciones de profunda sensibilidad romántica como Sin ti, obra nacida en Mompox inspirada en la ausencia de su esposa Rosibel Escorcia y que se convirtió en una de las melodías predilectas de la fundadora del festival, Consuelo Araujo Noguera.
Con su partida se apaga el fuelle físico de uno de los grandes patriarcas del vallenato autóctono, pero perduran el eco de sus notas, la humildad de su trato y la nobleza de una madera fina que resistió con dignidad el paso del tiempo. Paz en la tumba del maestro Náfer Durán, cuya música seguirá sonando eternamente en el corazón de la cultura caribeña.
